


La detección es un concepto importante en la investigación del fraude porque la velocidad con la que se detecta el fraude, así como la forma en que se detecta, puede tener un impacto significativo en el tamaño del fraude. También es clave para la prevención, porque las organizaciones pueden tomar medidas, lo que a su vez aumenta la percepción del personal de que se detectará el fraude y podría ayudar a disuadir futuras malas conductas.
En este sentido, la cultura de la honestidad juega un papel crítico. Es fundamental que desde la alta dirección se predique con el ejemplo (“tone at the top”), y se construya un entorno de pertenencia, de responsabilidad compartida por el cuidado de los recursos de la empresa. La capacitación sobre detección de fraude también incrementa las posibilidades de detectar situaciones de fraude.
Existen múltiples mecanismos orientados a la detección del fraude. Denuncias realizadas por otros empleados (ya sea a través de un canal formal de denuncias como línea telefónica o e-mail o simplemente a través de su supervisor o jefe directo, si se construyó una sana relación de confianza que facilite este tipo de conversaciones), auditorías internas y externas, conciliaciones de cuentas, simples monitoreos en posiciones de mayor riesgo.

Una vez mapeado el riesgo y detectado el fraude, resulta crítico tomar medidas, que pueden quedar circunscriptas a la empresa, pero que den un claro mensaje de que hay controles y hay consecuencias. En el año 1969, el profesor de Psicología Social en la Universidad de Stanford, psicólogo Philip Zimbardo desarrolló un experimento de psicología social que consistía en dejar abandonados en la calle dos (02) autos idénticos de la misma marca, mismo modelo y mismo color.
El primer auto lo dejó abandonado en el Bronx en pleno Nueva York – en ese entonces una zona pobre y muy conflictiva de los Estados Unidos de Norte América. Este coche comenzó a ser vandalizado en pocas horas, robándose las partes utilizables y destruyendo el resto del automóvil.
El segundo auto fue abandonado en Palo Alto, una zona rica y tranquila de California donde se mantuvo intacto durante una semana. Durante la segunda semana – cuando el auto del Bronx se encontraba totalmente deshecho – el investigador rompió el vidrio del segundo auto, teniendo como resultado el mismo proceso de robo, violencia y vandalismo sobre este vehículo.
Zimbardo concluyó que un vidrío roto en un auto abandonado transmite una idea de deterioro, desinterés y despreocupación que va rompiendo códigos de convivencia – es como una sensación de ausencia de autoridad o códigos de conducta, de normas, de leyes, de reglas – algo así como acá vale todo. Cada nuevo ataque que sufre el auto, reafirma y multiplica esa idea, hasta que la escalada se vuelve incontenible, desembocando en una violencia irracional.